28.12.10

Amor y pantalla grande

Joe Jackson said: 
Love shows God has a sense of humor
Cosas que nunca te dije (I. Coixet)       
         
            Yo quería hablar de las comedias románticas y de por qué me gustan tanto. Luego, lo pensé mejor y no sólo me gustan las comedias románticas, me gustan las tragicomedias románticas. Lo pensé más a fondo y concluí que no es un género en sí lo que me gusta, sino que me siento capturada (y con una cumplida catarsis cinematográfica) al ver cómo se desenvuelven las relaciones amorosas de los personajes en gran pantalla. O pantalla chica porque, de hecho, muchas películas las veo en mi computadora, desde la cual escribo esto.
            De cualquier forma, me extasía ver cómo personajes, que pueden ser de la vida real tratan de resolver un conflicto tan mundano y complejo cómo es estar con otro. Me gusta verlo desde la comodidad de mi butaca/sofá como un científico que observa un experimento: estudiando, analizando, asintiendo, difiriendo de lo que sucede y de lo cuál él es sólo un espectador.
            Porque considero que la comunicación entre dos personas que sienten afecto entre sí (o, muchas veces, sin ser correspondido) está tan viciada de códigos de conducta, de orgullo y vanidad que la humanidad no ha terminado de manejarlo del todo y por esto el tema rinde para hacer mil películas al respecto sin agotarse y sin miras de hacerlo.
            ¿No es increíble que nos jactemos de ser una civilización moderna con un montón de alcances tecnológicos que incluso se supone que nos han ayudado a comunicarnos “más y más rápido” y, sin embargo, seguimos sin realmente entender de lo que estamos hablando en realidad?
            Tal parece que seguimos tan ciegos e ignorantes en esto que no nos cansamos de sentirnos fascinados por las historias que se pueden inventar al rededor. Algunos suspiran con Titanic, ríen con alguna de Sandra Bullock, reflexionan con la última de los hermanos Dardenne y otros, como yo, se divierten y asienten viendo una como Adventureland.
            Sea como fuere, aún y cuando en la vida real sigamos sin atinar a una fórmula genérica que simplifique el resultado entre amor y comunicación, lo que es una verdad irrefutable es que, muchas veces, el cine sí que logra comunicarnos eso que nosotros no sabemos hacer. Eso, para mí, sí es la magia del cine.

Adriana
adribolivar13@gmail.com / @adribolivar

25.12.10

Público Privado II

No es venezolano y tiene residiendo en Venezuela desde el 2002, si no fuera por su obvia pronunciación pudiera pasar por cualquier caraqueño, tiene un léxico perfecto, estudió Letras y es periodista. La iniciativa surgió estando en New York cuando vio como en posters de personajes famosos habían calcomanías en forma de nube sin nada adentro invitando a los peatones a escribir lo que consideraban que estaban pensando dichos personajes, fue así como surgió esta idea, que él no considera un movimiento o un grupo sino sólo una expresión.
Asumió esto no como un hobby ni un trabajo, sino como parte de su rutina, algunas tardes se reúne con sus amigos y escriben estas frases puntuales, atrevidas, amenazantes y divertidas… Admitió que su objetivo no es ser reconocido, sino que las personas tomen esta iniciativa y aprovechen el espacio público para expresarse.
Esa noche descubrí un personaje muy lejano a las personas que me rodean, fue maravilloso conocer la opinión de una persona apasionada con el espacio público y lo urbano. Reflexionamos por casi dos horas sobre el derecho y el deber que tiene el ciudadano, sobre el papel de las Alcaldías, del Estado, del peatón, del que maneja, del panadero, del indigente, del ladrón. Nunca tocamos temas personales…
Fue un encuentro sincero. Las calcomanías fueron producto de una necesidad que el visualizó, mi curiosidad fue producto de un susurro y nuestro dialogo fue el resultado.
Un encuentro en el que identifiqué mil cosas, la más importante es que aun cuando fue una demencia reunirme con alguien que no conocía, haber tenido esa conversación me hizo recordar que es muy fácil vanagloriarse de una filosofía, una idea o una posición, pero en la discusión, en el dialogar, en el ser atrevido y respetar las opiniones de los demás es lo que nos hace, no sólo vivir con intensidad, sino ser verdaderos ciudadanos.

Lilibeth
Lic. Comunicación Social

23.12.10

Lo grotesco de no saber envejecer

A menudo vemos cómo las cirugías plásticas se vuelven una necesidad en hombres y mujeres. La verdad es que creo que estas operaciones ayudan muchísimo a subir la autoestima y a ser socialmente más aceptado y a veces a conseguir un mejor empleo.
Pero, cuando la cirugía plástica se usa para tratar de detener el natural progresar del tiempo en las personas, es un total desastre si no se hace de forma sutil. No lo critico, yo misma me he hecho una cirugía plástica, pero es tan sutil que quizá me conozcas y ahora te enteras de que la tengo.
Lo cierto es que es desagradable a mi parecer ver a esas mujeres y hombres de avanzada edad con unas cirugías terribles, que parecen tener una máscara en vez de un rostro. Puedo recordar con nostalgia y alegría cómo vi envejecer a mi abuelito, quien se levantaba desde temprano a trabajar la tierra. Me encantaba verlo a los ojos, ver esas marcas en sus manos del trabajo. Solía sentarme con él a conversar en el porche de la casa de mi tío ¡Qué tiempos aquellos! Para mí eso es belleza.
Quizá me influencia mucho ese libro que leí en primer año de letras “El Banquete” de Platón, en el que la belleza es un ideal al que llega el individuo luego de pasar por varias etapas. La primera fase es ver el físico, es algo que hacemos todos. No podemos olvidar la típica frase “la primera impresión es la que cuenta”. Vivimos en un mundo superficial. Pero también vivimos en un mundo de guerras, odios, vicios. Y no por eso nos metemos a combates o a odiar por doquier. Pero también, vivimos en un mundo en el que ver un rostro hermoso sin maquillaje nos deja atónitos y sin sueño. Un mundo en el que una mirada perdida de una tierna abuelita nos conmueve. Caminos en el que lo superficial no nos interesa porque sin querer hemos pasado a otra etapa de la belleza, nos encaminamos al intelecto, a los intereses y al descubrimiento del otro. Hemos hecho clic, puede que nos hayamos enamorado.
Es por eso que no quisiera ver lo grotesco de no saber envejecer. Puede ser que por mi edad no sepa lo que es sentir ese pasar de la vida. Lo que sí quiero es guardar este escrito cuando me encuentre alguna línea de expresión mal puesta. Y no salir corriendo al cirujano de turno para que me devuelva la piel y el cutis que tuve quince años atrás. O mejor, quisiera estar rodeada de afectos y no sentir que el tiempo pasa en vano, querer saber envejecer.



 Gilmar Bastardo
         Periodismo - Teatro - Publicidad
         gilmar1600@gmail.com / @gilmarbastardo

21.12.10

Público Privado I

Tenía cuatro meses caminando por las calles de Chacao (Caracas, Venezuela) sintiendo que me hablaban. Al principio pensé que era una especie de juego al cual no pertenecía, que era algo personal entre dos y que yo sobraba, cuando  volteaba me daba pena, era como si estaba viendo algo que no debía. Hasta que un día me hablaba en otra urbanización, en otras calles. Su mensaje me hacia pensar, me hacia dudar, me sentía identificada algunas veces y aun cuando no estaba de acuerdo con lo que decía, lo extrañaba cuando no lo veía y me di cuenta que no era algo privado, era algo para mí, para todos… público.
Cambié de ruta buscando evadirlo, pero ahí estaba y era algo tan simple como una calcomanía amarilla, siempre con la misma letra y con la misma misión (asumo yo) hacerme pensar mientras caminaba. Me produjo mucha curiosidad saber quién era el autor, por qué expresarse por medio de una vía tan etérea y con mensajes tan subliminales ¿Quién era el que me invitaba a curiosear?
Por una época pasé semanas sin escucharlo (leerlo), la verdad pasé semanas sin caminar por ahí. Hasta que un día me llamó la atención un mensaje acusador medio escondido: “Por ti estamos como estamos”, no fue la denuncia de la frase lo que me cautivó sino el correo que tenía copiado al lado. Esa misma noche le escribí.
Hasta que por fin este hombre (siempre imaginé que era un hombre) decidió recibir feedback. Llegamos a intercambiar 3 ó 4 mails antes de conocernos. Aquél día salí del trabajo entre arrepentida de haber aceptado ese café y emocionada por acabar con el misterio.
A las 7.33pm de un jueves decembrino estaba sentada en una de las calles donde meses atrás había sentido que unos mensajes me susurraban, esperando saber lo que este hombre de 32 años, delgado y con lentes (así se describió) tenía que decirme.

Lilibeth
Lic. Comunicación Social

19.12.10

Ana la coleccionista

            Ana recién había pasado los 20 en ese entonces. Sergio sí rondaba los 23. El caso es que, luego de año y medio de noviazgo, Sergio decidió terminarlo todo. Dijo que necesitaba más espacio, que no quería estar en una relación, también dijo que quedaran como amigos. Ambos aceptaron, pero ninguno lo cumplió. Siempre lo supieron.
            Esa noche Ana lloraba sin parar en su departamento. No siempre había vivido sola: desde que Susana se regresó a Rosario, Sergio supo suplantarla más que bien mientras encontraba otra compañera para compartir el piso.
            No se imaginó nunca en un momento así. Pero ahí estaba: sin poder detener el llanto, pensando en cómo afuera todo podía seguir andando tan normal. Con las luces apagadas lloró hasta que se quedó dormida.
            Al día siguiente estaba soleado. Ana se levantó incómoda: había dormido con la ropa puesta y el blue jean le incomodaba mucho. Se levantó, se sacó el jean y  fue al baño. Al entrar, intuyó que sus ojos estarían inflamados e irritados por el llanto y no se equivocó. Bajó la mirada y se quedó quieta. ¿Qué miraba? Inmóvil y apacible, el cepillo de dientes de Sergio descansaba junto al de ella, inmutado como si nada hubiera sucedido. Sergio pasaba tanto tiempo en el departamento que un día no se llevó el cepillo y lo dejó para más comodidad. Un gesto que remite a la construcción de una rutina en un ámbito de convivencia con el otro, un paso para lo que significa la vida en pareja, pero ellos no se dieron ni cuenta como muchos otros.
            Ana, con la mirada confundida pero fija sobre el implemento de higiene, se preguntaba qué se suponía que debía hacer ahora. ¿Botarlo? ¿Regresárselo? Es ridículo. ¿Esperar? ¿Esperar qué?
            Ahí estaba ella con un objeto tan privado, tan íntimo como es el cepillo de dientes, el cepillo de dientes de…un extraño. ¿Un extraño? ¿Qué, si no? Estuvo año y medio con un chico que ahora decide dejarla y ¿qué es? ¿Un amigo? ¿Un ex? ¿Y qué es un ex sino una categoría para un extraño?
            Ana sujetaba el cepillo de dientes con la seguridad de que todo había cambiado irrevocablemente: Sergio pasó a ser uno más de la calle, nada más los unía que el recuerdo de una intimidad compartida, que poco a poco se desvanecería y confundiría entre otros recuerdos. Esto último ella no lo sabía en ese momento.
            Ana se dirigió a la habitación. ¿Lo iba a botar? ¿Sería una excusa para llamar a Sergio? Ana abrió la gaveta de su mesa de noche y tomó una bolsa de tela, que había quedado huérfana luego de perder unos anteojos de sol, y lo guardó ahí. Cerró la gaveta y se sentó en la cama. A continuación, empezó a planificar las actividades que haría en el día.
            A los 33 años, Ana acumula una colección de 20 cepillos de dientes. Junto a ella, una sarta de relaciones infructuosas adorna su habitación hoy en día, en el departamento que aún mantiene para ella sola.

Adriana

17.12.10

Amigos ni por Facebook

Cuando introducimos a nuevas personas en nuestra vida y, así, nos introducimos en las de ellas, nos apropiamos un poco de sus problemas y de su visión del mundo. Sí, esto es una absoluta perogrullada y, precisamente por eso, no me había detenido nunca a pensarlo. Pero este conocimiento que daba por sentado se ha convertido en una absoluta revelación desde que comencé a vivir fuera de mi país, Venezuela.
En Barcelona se vive una especie de fantasía, en la que, apartando la esquizofrénica relación de (no) pertenencia de Cataluña con España, miles de extranjeros convivimos pacíficamente, arrastrando nuestra procedencia pero deslastrándonos en lo posible de la asquerosidad política y bélica. Nunca había tenido una experiencia multicultural tan diversa. Tampoco me imaginé que sería posible encontrarse tantos venezolanos en la calle al azar, pero ese es otro asunto. Ahora, como en toda ilusión, eventualmente la burbuja estalla, quizá con un estallido pequeño, pero suficiente para hacerme entender que hay improntas de las cuales es imposible librarse. Al involucrarme con gente que proviene de lugares absolutamente diferentes de mi muy particular país, comienzo a ver como reales una serie de problemas que para mí sólo eran parte de los noticiarios, y no sólo reales en cuanto a hechos objetivos, sino que llegan a afectarme incluso en mi pequeño mundo práctico y emocional.
Reality check: Te preguntas si invitar a tus amigos a una fiesta puede ser motivo de confrontación; no porque uno se acostó con la novia del otro, o porque le robó algún dinero, no, por nada derivado de la relación misma entre esas dos personas. Todo lo contrario. Simplemente las nacionalidades que rezan sus pasaportes son enemigos históricos. Esas dos personas pudieran tener –y quizá tienen– cierto grado de amistad, pero todo lo externo a ellos es juez de dos individualidades que, además, en esta época, poco tienen ya que ver con los orígenes de los conflictos. Me disculparán la falta de ejemplos concretos, pero me sabría mal echar mano de los que tengo porque en realidad no me pertenecen. Sí me tomo la libertad de aclarar que se trata de amigos de diversos países del Medio Oriente, pero también aplica para rusos y chechenos, chinos y taiwaneses e incluso, en menor medida, algunos países de Suramérica. El mundo realmente está lleno de reconcomio, literal y visceral, y yo no me había dado cuenta.
Ese rechazo innato –por no decir odio– me resulta incomprensible, absolutamente. No quiero decir que estos estigmas carezcan de razón, o no. Simplemente me son tan ajenos que, quizá justamente por eso, me siento en el deber de respetarlos. Me siento pequeñísima ante este asunto. Porque mi instinto es juzgarlos a todos por lo malo, por su incapacidad de entender que un individuo no es más que sus propias acciones y que nadie tiene por qué pagar en su mínima persona por la herencia histórica de su lugar de origen. Pero entonces comprendo que, quizá, mi propia herencia histórica me ha inhabilitado para entender este asunto, sino simplemente me ha destinado a pagar la que es, por mucho, la más leve de sus consecuencias y, cómo no, agradecer la oportunidad de participar, así sea para que de pronto me arranque un par de lágrimas, de este otro mundo diferente del mío. 

Lorena

15.12.10

El día que Tommy conoció a Oprah

Tommy Hilfiger conoció a Oprah Winfrey en mayo de 2007. No fue hace 10 o 12 años, como la mayoría del mundo siempre ha creído. Fue en 2007 y lo hizo para poner fin a lo que probablemente sea uno de los rumores de mayor difusión y longevidad de la historia. “En los 21 años que lleva mi programa al aire, ¿alguna vez has estado en el programa previo a esta ocasión?”, preguntó la afamada conductora del talk show con su mismo nombre. “Desafortunadamente no”, respondió el popular diseñador. Dos de los nombres más reconocibles de la cultura popular norteamericana en los últimos 25 años, sinónimos con el imperio de la televisión y la moda respectivamente, habían sido involucrados en un chisme basado en racismo, xenofobia y odio que pocos se habían molestado en corroborar y que se había esparcido como una epidemia durante más de  una década ¿Cómo llegó un rumor a agarrar tanta fuerza, poner en jaque una marca trasnacional y despertar la ira de latinos, afroamericanos y asiáticos alrededor del mundo? 

Si Internet se ha convertido en el medio idóneo para esparcir rumores infundados, entonces el de Tommy y Oprah fue, sin duda alguna, el pionero. "Si yo hubiera sabido que los negros americanos, los latinos, mexicanos y los asiáticos comprarían mi ropa, no la hubiese diseñado tan bien. Desearía que ese tipo gente no comprara mi ropa, pues está hecha para gente caucásica, de clase alta... y desearía dársela mejor a los cerdos". Estas palabras habían sido suficiente para que Tommy fuese retirado del programa en vivo, según la notoria cadena que probablemente todos (incluyéndome) aún debemos tener en nuestra cuenta de Hotmail o Yahoo. Además, alentaba al lector a boicotear toda la mercancía que vendía Hilfiger.
Hoy en día Internet nos provee a sus usuarios la posibilidad inusitada de corroborar qué es cierto y qué no lo es. Basta con navegar diez minutos la red para encontrar un veredicto de la liga antidifamación, una aclaratoria del propio programa de Oprah y, por si fuera poco, esta joya: http://bit.ly/gPHwjD, el video de la primera visita de Tommy a Oprah, no para hablar de ropa, no para hablar de moda, sino para desmentir que fuese un patán xenofóbico.
No sé muy bien con qué quedarme de esta historia. Por un lado, podría ser que la enorme oferta de información en Internet debe traducirse necesariamente en un enorme deseo de corroborar su veracidad por parte del usuario. Por otro, me lleva a reflexionar por qué como latinos fuimos tan propensos a creer que un diseñador estadounidense estaría tan dispuesto a vociferar su odio hacia nosotros, incluso si eso se tradujera en daños financieros para su propia empresa. Lo que si espero es que la gente ya no deje de comprar ropa Tommy porque la considere una apología al racismo, sino por la misma razón por la que yo nunca la he comprado: es fea y cara.

Pedro Camacho
Periodista – Documentalista